El eterno retorno del niñilo poeta al chilenar verdecito de algas

Roberto Bescós: artesano de la palabra

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Foto de laboratorio.documental intervenida con IA
Roberto Bescós creció a orillas del estero El Sauce, en Llolleo, donde el barro, los títeres y los versos se mezclaban con el mismo sigilo que la camanchaca. Desde sus primeras publicaciones en la década de 1980 hasta la reedición de Artesanía en Duendes y la adaptación kamishibai El viaje de Niñilo, su obra traza un arco luminoso entre la infancia, el territorio costero y un lenguaje que se niega a envejecer.
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Cuando niñilo Roberto jugaba en el patio de su casa, en ese chilenar verdecito de algas a orillas de estero El Sauce agonizaba la década de 1950. San Antonio hacía frente a la explosión turística por los constantes viajes del tren hacia la costa, promocionados en las revistas de viaje de la época, haciendo eco no solo de playas, sino que también de las bondades de Llolleo junto a su clima para curar el corazón.

Años antes, Pepe Donoso ya había frecuentado la casa de la Momo en Lo Gallardo, donde intercambiaba tertulias con Efraín Barquero sobre la frontera —a veces difusa, a veces insalvable— entre la poesía y la novela. Mientras esas discusiones daban vida a las tardes de la zona, ya circulaba Coronación (1957), obra terminada de escribir precisamente en Isla Negra y editada con la recordada portada de Nemesio Antúnez.

Décadas antes, Luis Rivano ya había hecho de las calles de Llolleo su escenario de fechorías; desde el Liceo Nacional hasta los trenes en movimiento de la estación de Barrancas. Por ese entonces, el puerto de San Antonio transitaba desde la carga a ñeque hacia la introducción de sistemas mecanizados que terminarían en el contenedor, a fines de los setenta y principios de la década de 1980 . Fue esa densidad literaria, suspendida sobre un puerto en mutación, la que ofreció a niñilo Roberto un cosmos infinito para navegar y detonar su escritura.

Es probable que al jugar en la ribera del estero El Sauce, niñilo Roberto pudiera oír versos de Vicente Huidobro que descendían por las aguas cristalinas desde las profundidades del fundo de Llolleo. Niñilo Roberto pudo haber visto aterrizar a Altazor en su paracaídas cósmico en el patio de su casa. Entre juegos y palabras, pudo además desenterrar fragmentos de cerámica Llolleo y armar chalets con elementos reciclados. Es más que probable, aunque no tenemos prueba de ello, pero pudo haber hablado en pajarístico e intercambiar conversaciones con las garzas y pilpilenes que visitaban los humedales costeros: aparecía Matías Pajarito como un duende alado (para ser feliz, hay que decir birlocho; Matías Pajarito lo hizo, se convirtió en duende loco).  En ese patio, mientras niñilo Roberto inventaba mundos, construía naves para viajar al universo, comenzaba a deconstruir el territorio y el lenguaje.

Eran aquellos tiempos a orillas del estero El Sauce donde la tierra húmeda estaba plagada de sauces y murciélagos que volaban entre la densa camanchaca. En San Pedro bajo proliferaba la pandilla Los Megatones que se enfrentaba en batallas a muerte a los TNT de San Pedro alto, reyertas de sangre invisible que eran libradas en los alrededores de la estación de Llolleo. Niñilo Roberto y sus compinches, se ganaban sus monedas acarreando en carretas o carretones cuanta maleta y cachivaches traía la gente que se dirigía a la playa de Llolleo.

Más grande, un joven Roberto abordaba los trenes en la imponente estación de Llolleo para terminar en Barrancas o Cartagena, disfrutando de ese océano en permanente mutación. Años más tarde, en el liceo fiscal, tuvo sus primeros acercamientos a las letras, conoció al poeta Jonás. Fue esa etapa cuando niñilo comenzó a habitar su interior, siguió moviendo los hilos de su existencia, lo mantuvo siempre con ese espíritu aventurero y de fantasía a flor de piel. En ese mismo lugar, surge la amistad con Aquiles Jiménez, cuando este ultimo estaba haciendo un mural al interior del liceo. Se cayeron bien, engancharon en la misma onda. Se visitaron, armaron castillos en el aire, soñaron un San Antonio navegando por mares culturales.

En los albores de la década de 1980, Roberto y Aquiles editaron su primera obra de manera conjunta “Encuentros Más que Cercanos” (1981, Ediciones de Exequiel). En la biografía que antecede a sus poemas, escrita por el propio Jiménez, podemos encontrar algunos guiños interesantes sobre Bescós: “me lo encontré al cabo de un tiempo en un cerro con los ojos pegados a los pájaros.” o “lo vi también en un escenario interpretando a un personaje imaginario. Lo supe titiritero (…) lo supe profesor y vagabundo en una película de cine amateur”, “Llolleo es su playa, plaza, mundos y recuerdos…” Interesante también es citar una breve nota de 1981 en un diario de la época donde se consulta a los autores por qué escogieron la literatura, a lo que Bescós responde: “para mí escribir es una necesidad orgánica, como comer, respirar o dormir. Siento que tengo algo que decir (…) Pienso que puedo crear algo nuevo, algo que sea original. Por esto sigo en esta búsqueda.

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Escritores se organizan para «parar la olla». [artículo] Las Ultimas Noticias (Ed. de Provincia).  Archivo de Referencias Críticas. Disponible en Biblioteca Nacional Digital de Chile https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/628/w3-article-217514.html. Accedido en 07-05-2026.

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Parte de esta misma construcción de pájaros, títeres y duendes, sigue apareciendo de manera constante en la revista Trapisonda, de la cual Roberto es uno de los fundadores en 1984 junto a Nicolás Bartra y Alejo Lucas Romero. En la editorial se declara que “el arte es un acto de servicio”. Además, al interior de este primer número de la revista aparece de forma reveladora una sección llamada “La Colmena de los Duendes”, donde ya podemos abordar la impronta de Bescós por otorgar voz a los niños como él lo hacía con su niñilo interior. A más abundancia, en el N°8 de la revista El Espectador de 1983 aparece una nota denominada “Los Títeres”. Roberto Bescós confiesa: “¿de dónde vienen esos muñecos que viven en esa pequeña cajuela del pequeño escenario? En ese instante me pareció que venían de un abismo de un profundo abismo” En esa misma nota, se observa una imagen en blanco y negro a modo de mosaico, Roberto de bigote y con traje fino mostrando un títere en su mano derecha y al lado de él, un joven Mario Celedón con un suéter sin mangas al estilo calcetín con rombos man. En la foto final de dicho reportaje, se aprecia a un grupo de niños aplauden a rabiar lo que pudo ser la función llena de magia y duendes. En el N°9 de la misma revista El Espectador, del 17 de mayo de 1986, se publica un amplio reportaje de los Títeres que comienza con “Niñas y niños presentes caballeros y abuelitas … muy buenas tardes” como rememorando quizás los preámbulos de Roberto antes de montar en escena su función de títeres en el Paseo Bellamar o en algún lugar perdido de San Antonio. En el N°2 de la revista Trapisonda también se lee una breve crónica poética “El Mundo de la Orilla” donde Roberto declama: “Siento el llamado del mar y es curioso. La idea de su misterio abisal hiela mi espíritu. Penetro el bosque de mis dominios litorales y en los arrebolados estertores de a proyección final del sol en la tarde (…)”  Como ya podemos ver, hay una multiplicidad de antecedentes en la década de 1980 donde ya Roberto nos habla de títeres, de duendes y de la metáfora de la orilla, del sentido profundo de la vinculación con el océano y de los bosques perdidos del litoral.

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Revista El Espectador, 1983
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Revista Trapisonda, 1984

La trayectoria en El Espectador y su relación íntima con don Héctor Vargas con quienes jugaban a inventarse personajes, siendo periodistas sin ser periodistas, fue la génesis y el espaldarazo final para que en 1989 Roberto editara bajo el sello del diario El Espectador su libro Artesanía en Duendes. Aquí otro guiño a un reportaje en revista Trapisonda sobre El Intransigente Solitario que no es nada más ni nada menos que una crónica sobre Joaquín Edwards Bello, del cual declara “imposible no querer especular con la obra de un campeón del humor inteligencia y de la antisuficiencia académica”, que es lo que él mismo inmortalizó en las páginas de El Espectador mediante sus diversos personajes y se puede vislumbrar en algunas de sus producciones poéticas de la década de 1990.

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Al año de aparecer Artesanía en Duendes, se publicó de forma artesanal el tríptico Cochambre ilustrado y escrito a mano por su compinche Beno Navarro para hacer circular por las calles de San Antonio la voz del poeta Bescós. Este tríptico nos presenta un puñado de cuentecillos breves o muy breves y donde destacan varios elementos como la notable presentación al poeta por parte de Beno Navarro en su peritaje biográfico, acompañado de una ilustración que lo hace aparecer con una boina y bigotes finos: “El escritor e ingeniero en poetística (…) escribe salvaje desde el próximo milenio. Con su obra no pasa nada. El mundo se farrea a este santo varón. Santo con cachos. Poeta el loco para más atado.” Al final del tríptico en el cuento Cátedra finaliza Bescós instando a que “Sigamos trabajando en la tierra. El premio es el paraíso del IDEAL: “si ese mundo no existiera, habría valido la pena soñarlo.”  Y cierra el texto son la firma caligrafiada a mano con una R mayúscula que voltea hacia la izquierda, finalizando con una cola de ¿ballena?, de ¿sirena?, en Llolleo, marzo de 1990 con hojas amarillas de otoño.

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Artesanía en Duendes tiene como subtítulo, poemas, baladas y romances. Al interior del libro, se desparraman por las páginas, una serie de mensajes que van referenciando la forma que tiene Bescós de afrontar la escritura desde lo lúdico: “Hay que respetar y ayudar a la preservación de todos los idiomas del mundo. Sobre todo, el del niño: es el más eterno.” o “Nunca abandones tu conejo blanco” Don Héctor Vargas en el prólogo de la primera edición refiere que “Bescós tiene el don de hablarnos desde el punto de vista de un niño, lo que hasta ahora no se había dado en las letras chilenas” (…) Juegos, términos y fantasías de niños, empiezan hoy a vivir su vida propia

Los caminos que se conectan con los duendes

Conocí a Roberto hace unos tres años, si se puede llegar a conocer a alguien en un lapso de mil días y si la acepción conocer puede definirse como el desarrollo una multiplicidad de conversaciones profundas sobre el arte de la palabra, intercambiando visiones sobre el territorio y sobre la literatura en general. Antes conocía a Roberto, pero de forma tangencial, cuando sabía de su existencia y su voz poética en el memorable libro La Ciudad que No es (2015, LOM). Tiempo en que San Antonio vivía en la encrucijada de la expansión portuaria y el cierre de la playa de Llolleo. Un ambiente efervescente y crispado que se respiraba en las calles.

Digo conocer en profundidad a Roberto en dos sentidos, el primero fue conocer su lado humano, su tremenda lucidez como artesano de la palabra, su infinita bondad para aceptar ideas de proyectos que pretendían visibilizar su vida y obra. Ese acercamiento comenzó a fines de 2023 y principios de 2024 cuando grabamos el micro documental Letras y Territorio. Junto a él recorrí lugares que tienen una profunda significación en su vasta obra como el Paseo Bellamar y su vínculo con su oficio de titiritero con Aquiles Jiménez, experiencia que él mismo evidenció como el punto de origen de lo que fue su libro Artesanía en Duendes. Su habitar en la población Juan Aspeé, los canturreos bajo el silencio de los árboles del parque DYR y en el horizonte, el manto sagrado del océano. El liceo fiscal, donde desarrolló su primer acercamiento a la literatura, rememorando las clases inolvidables con el poeta Jonás. La conexión infinita con este territorio desde la imponente vista hacia la desembocadura del río Maipo, donde en esa amplia perspectiva se pueden observar bajo una sola mirada el chilenar verdecito de algas o la ciudad que no es y no fue. En aquellos lugares pude reconocer al poeta en su lado más íntimo, dimensionando ese torrente que parecía fluir desde una herencia compartida: la del poeta al revés que fue su padre. Fue en ese vínculo y aquellos juegos de niñillo a orillas del estero El Sauce, donde se gestaron los primeros atisbos de su sensibilidad. Lo que allí comenzó como un murmullo, terminaría por condensarse, con el peso de los años, en la arquitectura de su vasta obra.

En 2023, comenzamos a trabajar en la reedición de Artesanía en Duendes que se editó bajo la colección Ojos de Mar de la Biblioteca Viva de la Fundación de Desarrollo San Antonio Siglo XXI. La inmersión profunda en los versos de este libro y su imaginación sin límites para jugar con el lenguaje y las formas, me permitió comprender lo que a principios de la década de 1990 ya se planteaba en el tríptico Cochambre: “el mundo se farrea a este santo varón”, o traducido a un lenguaje másfrontal, San Antonio se farrea el portento de la obra de Bescós que navega a la deriva en la orilla del estero El Sauce o por el océano Pacífico, sin recalar en ningún puerto ni caleta que le permita desembarcar toda su poética.

El viaje de Niñilo

El teatro de papel es una técnica japonesa que, a través de un soporte de madera, llamado butai, permite la transición de imágenes por parte de un mediador, que, a través de la oralidad, va cautivando al público con gestualidades, tonos de voces que se encumbran y bajan a las profundidades del silencio y que secuencialmente, van construyendo una historia a modo de un libro álbum itinerante, que se puede presentar en una plaza pública, una biblioteca, una sala de clases o en cualquier lugar.

Esta adaptación para kamishibai surge como una propuesta de mediación poética que busca acercar la obra de Roberto Bescós a la infancia desde la oralidad, la imagen y la experiencia compartida. El proyecto pone en valor la poesía como territorio de juego, memoria e imaginación, respetando el carácter lúdico, sonoro y profundamente visual que atraviesa la escritura del autor.

La selección y articulación de los textos construyen un recorrido narrativo en torno al personaje de Niñilo, cuyo viaje nace en un espacio concreto y significativo: el patio de la infancia, a orillas del estero El Sauce, y se expande hacia mundos fantásticos para finalmente regresar al origen. Este gesto no solo estructura el relato, sino que ancla la experiencia poética en un paisaje reconocible del territorio de San Antonio.

A lo largo del relato aparecen referencias a lugares comunes del imaginario local, como Lo Gallardo, el río Maipo y el entorno costero, que dialogan con la fantasía y la memoria, otorgando a la obra una fuerte identidad territorial. Estos espacios no se presentan de forma descriptiva o didáctica, sino como escenarios vivos de la experiencia infantil, donde lo cotidiano y lo maravilloso conviven naturalmente.

Lejos de una adaptación explicativa o simplificada, la propuesta mantiene versos y fragmentos literales como núcleo expresivo, entendiendo que el extrañamiento, el humor y la musicalidad son parte esencial de la experiencia poética infantil. A través de la narración se van fusionando y dan forma a la historia, poemas como Llolleo (un chilenar en mi país tengo cuyo nombre es mi pueblo), Niñilo a media lengua del poema (rande la nave que inventé, nocturnia mariprosa), Inventor del aire (construiré aquí mi ciudad, mi hermosa ciudad), El perro que quería ser perro (tuve un perro, Carlo Patricio von Heribertho, le fabriqué un chalet le daba bistec a la plancha), Canción para invitarlos al teatro de títeres (habitánfilo de los mares al circo de los muñecos), El pintor de los niños (qué lindo es viajar, pero más lindo es volver) o El curso (ahora que somos niños, hagamos que somos abuelos).  El formato kamishibai potencia esta poética mediante imágenes secuenciales que acompañan la narración oral, favoreciendo la escucha atenta, la participación y la construcción colectiva de sentido.

La obra está pensada para ser mediada, ajustando ritmo y extensión según la edad del público, sin alterar el lenguaje original que da identidad al texto. Si bien puede compartirse en contextos de educación parvularia mediante una mediación flexible y selectiva, esta adaptación despliega toda su potencia literaria y estética a partir de los 5 años, cuando niñas y niños pueden habitar la ambigüedad, el juego verbal y la poesía sin necesidad de traducción conceptual.

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El viaje de Niñilo. Ilustración Gerardo Cisternas Salinas

Esta propuesta se inscribe en el trabajo de la Fundación de Desarrollo San Antonio Siglo XXI por fomentar el acceso temprano a la literatura, el patrimonio cultural y la creación artística, fortaleciendo el vínculo entre infancia, poesía y territorio, y reconociendo a San Antonio como un espacio fértil para la imaginación, la memoria y el relato compartido.

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