A los 92 años, Weinstein mantiene una lucidez que asombra y una capacidad de síntesis que convierte los conceptos más complejos en reflexiones accesibles. Su hogar refleja siete décadas de búsqueda intelectual: libros que se apilan como geografías del pensamiento; manuscritos y fotografías que testimonian encuentros con reconocidas figuras; cuadros que dialogan en silencio, y esa atmósfera única de quien ha dedicado su existencia a pensar el mundo desde múltiples perspectivas.
Nacido en Santiago en 1931, Weinstein pertenece cronológicamente a la Generación del 50 chilena, aunque su desarrollo presenta características que lo separan de sus contemporáneos. Mientras sus pares se caracterizaron por la ruptura con el realismo social, él desarrolló una poética comprometida socialmente desde la perspectiva de la salud comunitaria. Con más de 85 libros publicados entre 1965 y 2015, representa una de las obras más sostenidas de la literatura chilena contemporánea.
Una de esas perspectivas vertebrales es la amistosofía, concepto filosófico que explora la sabiduría de la amistad. Desarrolló este concepto en su libro «El Cuidado con la Amistad y la Amistad con el Cuidado», definiendo la amistosofía como la sabiduría que se deriva de la amistad, considerándola no solo como un sentimiento, sino como un camino de crecimiento personal y conocimiento ontológico.
En 2005, la Asociación Mundial de Médicos lo distinguió como uno de los cinco médicos latinoamericanos que mejor encarnan el ideal humanístico de la profesión. Una distinción que, según él mismo confiesa, le llegó por sorpresa, casi como una de esas «coincidencias significativas» que han marcado su existencia y que se han convertido en el centro de su filosofía personal.
— Gente que lo conoce dice que una de sus habilidades es el poder de sintetizar conceptos complejos y hacernos partícipes a todos de aquellos. De tal forma que para partir me gustaría preguntarle sobre la “amistosofía”.
— En mi vida se introduce por todas partes la amistad y eso hizo que llegara, orgánicamente, a sentir como que la amistad era una opción del ser humano frente a la realidad, como una manera de ser existencial positiva, pero agnóstica. Es decir, no niego que exista algo más trascendente, porque no me puedo imaginar que todo esto surgió solo de la materia, es cosa de imaginar una planta para darse cuenta que es demasiado compleja para que surja sola. Por otro lado, ¿dónde estamos nosotros? ¿Es sensato hablar del Homo Sapiens? Yo creo que no. Hay algo grande, trascendente, que yo me lo imagino dándole a los humanos un lugar muy importante. En este inmenso cosmos es el único ser que en realidad es capaz de alguna manera revisar alternativas en las cosas. Diría que la amistosofía es como un apellido para la antroposofía.
La amistosofía surge de una biografía marcada por encuentros excepcionales. Weinstein combina esta filosofía personal con la visión de la salud integral —una salud existencial, reflexiva, poética— desarrollando conceptos pioneros como la «poética del asombro» y la «medicina integral comunitaria», anticipándose décadas a corrientes actuales de medicina holística y humanización de la atención sanitaria.
— ¿Cómo ha sido su vida?
— Creo que la vida ha sido generosa conmigo. Generosa no porque todo haya sido feliz o alegre. Yo fui perseguido con encargo de matarme en la dictadura y tuve que ir al exilio. Pero desde muy temprano, desde los 3 años, tengo la sensación de desconcierto por cómo siento la vida y a los demás en la vida. Siento que no es tan sencillo esto de estar acá. ¿Por qué? ¿Cómo? La contestación de que vienes de tu papá, tu mamá, tu abuelo, no me satisfacía. Eso provocó una reacción de mi padre como de temor a que yo fuera un psicótico con problemas tempranos. Pero fuera de la relación con mis padres, tuve una relación familiar increíble. Hay una tía que era pintora, hermana de mi mamá, que venía de Argentina, la famosa tía «Yente» (Eugenia Crenovich), casada con el reconocido pintor Juan Del Prete. Ella hablaba conmigo de todo. No me puedo olvidar, algo así como a los 6 años, que me dice: «¿tú sabes lo que es el amor erótico?» «Sí», le dije yo. «Porque te quiero decir una cosa: mi amor por mi marido no es un amor erótico, sino que yo amo la espiritualidad de su pintura». Entonces para mí, ahí había algo que yo lo asocio con la amistad. Es decir, un individualizar y al mismo tiempo confiar y creer en la otra persona.
La vida familiar de Weinstein estuvo marcada por estos encuentros formativos que definen una sensibilidad particular. Su herencia cultural multicultural —descendiente de judíos rusos que emigraron primero a Argentina huyendo de las persecuciones zaristas— marcará posteriormente su visión integradora del mundo. Su tío abuelo, a los 10 años, lo invitaba a reuniones con escritores donde estaban Manuel Rojas, Gonzalo Rojas, y ocasionalmente Vicente Huidobro. Era un niño en tertulias de adultos, absorbiendo conversaciones que alimentarían décadas de reflexión posterior. Estas experiencias tempranas forjaron lo que él denomina su «racionalidad integradora»: síntesis entre pensamiento científico y experiencia poética.
Amistad en la Diferencia: The Grange y la política del encuentro
The Grange School de los años 40 era un microcosmos de la élite chilena: jóvenes de familias acomodadas, tradiciones anglosajonas, y una atmósfera naturalmente conservadora. Pero ahí, en medio de ese ambiente, un niño que había desarrollado simpatías republicanas durante la Guerra Civil Española encontraría una de sus primeras lecciones sobre cómo la amistad puede trascender las diferencias ideológicas.
La experiencia de Weinstein en este colegio ilustra tempranamente una de sus convicciones centrales: que es posible generar vínculos humanos auténticos incluso cuando las visiones de mundo parecen irreconciliables. Su capacidad para ser elegido líder estudiantil mientras promovía ideas socialistas en un bastión de la derecha chilena no fue casualidad, sino la primera expresión práctica de lo que más tarde formalizaría como amistosofía.
— Estudió en The Grange School, un colegio con gente de alto poder adquisitivo y en donde todo se asocia políticamente más con la derecha, pero usted tenía pensamientos más de izquierda. ¿Cómo generar amistad en la diferencia?
— Yo diría que el punto central es que estamos en lo mismo. Este ser que somos nosotros, en este inmenso universo, tiene determinadas capacidades que hasta este momento no están en otros seres. Por más que la física cuántica hable de distintas conductas, algo así como la posibilidad de iniciar un proceso creativo es nuestro. Un delfín, un chimpancé hacen cosas notables, pero con condiciones preestablecidas. No aparece eso de «¿será así, será asá?, veamos». Me lleno entonces de amigos en un colegio de derecha. Incluso me designan encargado de la revista, de la academia literaria, de la sociedad de debate. Y yo pongo en la sociedad de debate el socialismo y consigo que el 40% de la gente del Grange lo apoye.
Esta experiencia en The Grange —donde además compartió aula con figuras como Luis Alberto Heiremans, Roberto Torretti y Claudio Naranjo— ilustra tempranamente su capacidad para generar vínculos humanos que trascienden las diferencias ideológicas. Su militancia republicana desde los cinco años, cuando escuchaba por radio la Guerra Española, lo convirtió en «de izquierda hasta ahora», pero siempre desde una perspectiva que privilegia el encuentro humano por sobre la confrontación.
—¿Y dónde se manifiesta la distancia?
— Hay algo que se ha adelantado, pero muy a nivel de élite, que es la noción de autoritarismo. Un poco antes de la Unidad Popular, yo cooperé con un estudio sobre el autoritarismo en los médicos. Más del 60% en Chile resultó autoritario. ¿Qué significa eso? Jugar siempre sobre el dilema sí o no, sin matices. Con mando y sumisión. El tema no es que para que no haya autoritarismo se haga a todo el mundo iguales, sino que hay diferencias, pero las diferencias no se pueden traducir en privilegio, no se pueden traducir en mando. Lo otro es el individualismo y lo egótico. El egoísmo parte de una acentuación de la tendencia a la seguridad, que es natural, pero se va encaminando hacia un individualismo que no es individuación, porque el individualista no está bien individualizado en el sentido que no está atento a esta relación que todos los humanos tenemos con el todo. Pero estamos en una condición en que uno está barriendo en la calle y el otro está en un palacio y eso implica de alguna manera, la tremenda falencia humana, que no hemos sabido resolver.
Esta reflexión sobre el autoritarismo cobra especial relevancia considerando que Weinstein desarrolló estos conceptos décadas antes de que se popularizaran en el análisis político contemporáneo. Su estudio sobre médicos autoritarios anticipó problemas que la pandemia de COVID-19 revelaría con crudeza en el sistema sanitario mundial.

Las Coincidencias significativas
Weinstein ha documentado meticulosamente lo que Carl Jung llamaba «sincronicidades»: esos encuentros aparentemente casuales que parecen tener un significado más profundo. Su vida está plagada de estos episodios que han fortalecido su convicción de que existe una dimensión de la realidad que escapa a la lógica causal tradicional. Ha desarrollado una metodología para estudiar estos fenómenos y ha escrito extensamente sobre lo que denomina «coincidencias significativas».
— De alguna manera, lo que Jung llama sincronía cambia la perspectiva. Por un lado está la causa y efecto: ¿por qué están estas cosas acá? Alguien las trajo. Pero por otro lado, resulta que hoy día, por primera vez, mi señora se encuentra con una persona que no había visto hace más de 30 años, sin explicarse por qué. A mí me pasó lo mismo. Me desperté hace un par de meses pensando en un amigo mío, médico, Héctor Orrego. Tuve varias coincidencias con él, pero esta vez simplemente me desperté pensando: ¿qué será de él? ¿Por qué hace tiempo que no sé de él? Hay dos trabajadores viendo la ducha en mi departamento y los invito a un café. Uno dice: «Yo desde muy pequeño he tenido una persona muy cercana, un médico». «¿Quién?», pregunto. «Héctor Orrego.» Y yo estaba en la mañana pensando en él. Pasan dos semanas, llega una psiquiatra joven con un amigo cineasta que quiere hacer una película sobre mí. Le cuento esta sincronía de Orrego. ¿Qué me dice? «Era mi tío.»
Este tipo de experiencias, que documenta con rigor casi científico, fundamentan su comprensión de la realidad como un tejido complejo donde coexisten la lógica causal y lo que él llama «intencionalidad misteriosa». Su investigación sobre fenómenos paranormales —que incluye estudios con 100 personas tomadas al azar— revela que el 85% ha tenido experiencias de este tipo, pero solo el 3% las ha compartido, evidenciando lo que él denomina «censura cultural de lo inexplicable».
El médico mundial
En 2005, cuando tenía 74 años, Weinstein recibió una distinción que cambiaría la percepción externa de su trabajo: la Asociación Mundial de Médicos lo reconoció como uno de los cinco médicos latinoamericanos que mejor encarnan el ideal humanístico de la profesión. El reconocimiento llegó, según él cuenta, casi por casualidad, otra de esas sincronicidades que marcan su biografía.
— Cuénteme sobre ese reconocimiento como uno de los mejores médicos del mundo.
— Fue una cosa muy especial porque la Federación Mundial quiso buscar a los médicos más médicos, y yo soy todo lo contrario de eso. Creo que hay una organización que se llama Los Médicos Poetas que realmente me adoraban. Y había una doctora en Chiloé que tengo la impresión fue la que armó la cosa. Tanto les gustó este médico de Santiago que comenzaron a promocionarlo y se lo creyeron en Europa. Si realmente las cosas hubieran sido evaluadas objetivamente, bueno, ¿cuál es el que mejor refleja lo que se quiere que sea el médico? Yo represento una cosa mucho menos autocentrada que los médicos tradicionales, menos técnico, menos autoritario. Pero bueno, yo no tengo la culpa.
Su concepción de la medicina trasciende el modelo biomédico tradicional. Desde 1958, cuando recién recibido trabajó como coordinador del Programa de Salud Mental del Centro de Demostración de Medicina Integral de la Universidad de Chile, Weinstein desarrolló lo que llamó «salud integral»: una aproximación que considera las dimensiones física, psíquica, social, cultural y espiritual del bienestar humano.
Su concepción de la medicina trasciende radicalmente el modelo biomédico tradicional. Desde 1958, cuando recién recibido trabajó como coordinador del Programa de Salud Mental del Centro de Demostración de Medicina Integral de la Universidad de Chile, Weinstein desarrolló lo que llamó «salud integral»: una aproximación revolucionaria que considera las dimensiones física, psíquica, social, cultural y espiritual del bienestar humano.
— Hábleme de su perfil como médico, de conceptos como higiene mental, salud integral, antropología médica.
— Me recibo de médico habiendo sido el mejor alumno en psiquiatría y salud pública, pero muy malo en otras cosas porque estaba trabajando en comunidad y escribiendo. De manera casi mágica, me dan la posibilidad de ser el encargado de salud mental de un equipo de salud integral, trabajando en una pequeña comunidad, con una variación: nuestro equipo trabajaba solo parte del tiempo en un consultorio, el resto alternaba con la comunidad. ¿Qué pasó? Al tercer año me nombraron a cargo del servicio de alcoholismo de toda la zona occidente de Santiago, que eran 500 mil personas. Y por otro lado, en este pequeño lugar de 200 mil personas, pero en contacto directo con la gente. Tenía en este lugar chico la mitad de gente que me buscaba por alcoholismo que en los 500 mil. La diferencia era tremenda. Hasta el día de hoy, si cometes el gran error de considerar que medicina y salud son lo mismo, lo más importante aparece como el tratamiento, después viene el diagnóstico, la prevención, pero la promoción de salud aparece como algo sin importancia.
Su contribución fundamental al campo médico chileno fue la fundación del Centro de Antropología Médico Social (1968-1973), iniciativa pionera vinculada al Servicio Nacional de Salud, la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y la comunidad. Este centro desarrolló una aproximación que integraba factores psicosociales, culturales y espirituales en la atención sanitaria, anticipándose décadas a las corrientes actuales de medicina holística.
El golpe militar de 1973 interrumpió abruptamente esta experiencia innovadora. El Centro de Antropología Médico Social fue allanado y cerrado el 11 de septiembre de 1973, obligando a Weinstein al exilio. Durante cuatro años (1973-1977) trabajó en Argentina y España desarrollando programas de salud y desarrollo integral, manteniendo vínculos académicos internacionales que enriquecerían posteriormente su perspectiva.
Su retorno a Chile en 1977 marcó una nueva fase enfocada en la atención solidaria a víctimas de la represión a través de programas especializados en Salud Mental y Derechos Humanos, fundando múltiples organizaciones como el Centro de Estudios de Salud y Población (CESPO), el Centro de Salud Mental Quillahue, y los Talleres de Investigaciones en Desarrollo Humano (TIDEH).
— Hablábamos hace poco de autoritarismo, ego, individualismo… ¿Qué piensa sobre los 50 años transcurridos desde el golpe militar?
— Creo que falta una cosa indispensable: pasar de una discusión general abstracta sobre qué es más eficiente: ser competitivo o no. A pensar qué refleja mejor lo que es la condición humana. Hay un porcentaje grande de gente que, si viviera lo que cree, no habría este problema. La mayor parte de la gente puede no ser de izquierda, pero son cristianos, o una minoría budistas, hinduistas, etc. Personas que no entran en sus convicciones la importancia del otro, no hay. Incluso los torturadores: los estudios dicen que en general para ellos era importante la tortura con el fin de hacer el bien. Hice mi tesis en psiquiatría infantil sobre la personalidad psicopática del niño. Niños que tienen características que los hacen muy difíciles para la convivencia, pero que no tienen un problema psiquiátrico ni que tampoco han sido malformados de manera irreversible. Lo que realmente tienen son malas condiciones psíquicas para cooperar entre ellos. Me costó encontrar esa cualidad.
Su experiencia directa de la represión política no generó resentimiento sino una comprensión más profunda de la condición humana. Su trabajo posterior con víctimas de la represión constituye una forma de resistencia cultural y política que continúa en la post-dictadura, evidenciando su compromiso sostenido con la justicia social y la reparación comunitaria.
La sociedad actual y sus desafíos
A los 92 años, Weinstein mantiene una mirada crítica pero esperanzada sobre los tiempos actuales. Su conexión diaria con diversos grupos —desde Isla Negra hasta Recoleta, pasando por la Internacional de la Alegría, la Amistad y la Esperanza— le permite un diagnóstico certero del presente. Es presidente y miembro de directorio de siete ONGs, incluyendo El Canelo de Nos y la Corporación Isla Negra – El Quisco, organizaciones enfocadas en desarrollo comunitario y promoción cultural.
— ¿Cómo ve a la sociedad actual?
— Estoy conectado, mantengo relación con varios grupos. Escribo todos los días. Un grupo de Isla Negra que tiene dos partes: presencial y virtual. Un grupo en Recoleta. Un grupo que llamamos Azulandia, que son como amistades, más de 150 personas. Un grupo llamado Multiversidad, en Melipilla, planteándose como un camino hacia un programa de formación que vaya tomando aspectos importantes de la vida, del desarrollo personal, sin necesidad de antecedentes especiales, y con mucha participación. El foco es la integración del desarrollo personal y el cambio sociocultural. Y otro grupo muy especial: la Internacional de la Alegría, la Amistad y la Esperanza. Hace unos dos años me escribe un exalumno mío, médico, que vive en Vietnam, y me dice: «En estos círculos internacionales hay una persona que te interesa conocer». Esta persona era un médico argentino que tal como yo ponía énfasis en la amistad, él lo ponía en la alegría. Me contestó como a la hora: «juntemos fuerzas, yo pongo énfasis en la alegría, tú en la amistad».
La metodología educativa de Weinstein combina talleres de desarrollo personal, dinámicas grupales, y lo que denomina «guías poéticos»: procesos donde la poesía funciona como herramienta de autoconocimiento y construcción comunitaria. Esta aproximación ha formado a generaciones de profesionales de la salud que replican sus metodologías participativas a lo largo del país.
— ¿Qué piensa de la inteligencia artificial?
— La verdad es que no estoy bien informado, pero tengo la visión de que va dentro del camino de no profundizar en lo ético, no profundizar en el conocimiento del ser humano, sino facilitar las cosas de manera de gastarse lo menos posible, por el lado de la eficiencia. Ya como están las cosas ahora, hay una gran mayoría de personas que optan por estar hablando por teléfono o computador y casi no ver a nadie. Yo veo eso como un todo en que la gente va teniendo poca relación humano con humano, incluso consigo mismo. Es tan fácil tener 30 personas con las cuales en un momento te comunicas. No es que sea pernicioso, pero sí es pernicioso el lugar que ocupa. Como que todo se va a arreglar con técnica, sin aceptar lo incierto como parte de la realidad, sin aceptar la importancia del vínculo persona a persona, de la imaginación, de la creación. No sería raro que siguiera aumentando la perspectiva de vida, pero una vida que no es todo lo plena que podría ser. Mientras ocurra lo que me pasa a mí —camino por la manzana saludando y nadie me contesta, me miran como diciendo o está chalado o quiere algo peligroso— estamos en problemas. Este no es el peor barrio en términos de individualismo, pero es así.
El territorio poético
Desde 1986, Weinstein construye vínculos profundos con Isla Negra, comprando la propiedad que perteneció al músico Santa Cruz y dirigiendo el Centro de Desarrollo Humano Las Coincidencias, insertado junto a la Casa Museo Pablo Neruda en lo que se conoce como el «Proyecto del Litoral de la Poesía». Sin embargo, su visión actual del territorio que va desde Santo Domingo hasta Algarrobo trasciende ampliamente el turismo nerudiano.
— ¿Qué opina del territorio de la provincia de San Antonio, este Litoral de los Poetas?
— Para mí es uno de los territorios más propicios para plantearse el diálogo entre lo poético prosaico y lo prosaico poético. Por el turismo nerudiano, por la importancia de Huidobro, por el propio Parra, ha habido atención. No diría que estos tres crearon un mundo poético, pero sí crearon una posibilidad de recepción a lo poético. Sería justo no exagerar las cosas. Desde bien chico he adorado la poesía de Neruda, especialmente, mucho también la de Huidobro, no tanto la de Parra, pero también la de Gonzalo Rojas, la de Gabriela. Pero no creo que sea bueno poner el énfasis en el individuo. Por razones de turismo aparece como actualizado el tema, pero creo que lo más importante es ver algo que no hizo Neruda: proyectarse a la comunidad. Él tenía una reunión semanal con sus amigos, lo pasaba muy bien. Tenía una reunión política que para él era importante, pero cuando se le pidió que ayudara en la educación dijo que no tenía hijos.
— ¿Por qué nunca se erradicó finalmente en Isla Negra?
— Me interesó, pero tuve una primera compañera, esposa, que era republicana española, y una segunda que tengo ahora que es argentina, las dos médicos y bien médicos, y esta cosa mía de vivir allá no la entendían. Mis hijos tampoco. Es un poco por mi círculo más íntimo. La ida a Isla Negra fue a partir de adquirir la casa que era del músico Santa Cruz, en el 86 más o menos. Tuve un tiempo, además de la casa, una parcelita (Las Coincidencias), pero por razones económicas hubo que venderla.
La vida personal de Weinstein refleja su compromiso con la construcción de comunidad. Casado inicialmente con María Luisa Cayuela, médica cardióloga española refugiada de la guerra civil, tuvo tres hijos: Luis, José y Marisa. Tras el fallecimiento de su primera esposa, se casó con Carina Vaca Zeller, médica pediatra argentina de orientación antroposófica. Su familia se extiende a 11 nietos y 2 bisnietos, constituyendo una red multigeneracional que refleja su filosofía de desarrollo humano integral.
Sobre la muerte y lo trascendente
A los 92 años, la reflexión sobre la muerte adquiere una dimensión particular en Weinstein. Su aproximación no es la del temor, sino la de la curiosidad intelectual alimentada por décadas de experiencias que considera «paranormales» y que ha documentado con rigor casi científico.
— ¿Qué piensa de sobre la existencia, la muerte y lo trascendente?
— Lo que sé concretamente es que hay un número de personas que vuelven a la vida, por un período corto, un período más largo o lo que fuera. Algunos después de muchos años. No sé si en otra forma, pero lo que he seguido es esta experiencia en la misma forma. Hay dos cosas que coinciden en distintos países. Una es «estamos bien». Te dicen: «estamos bien». La segunda es «eso no lo podemos explicar». Son condiciones totalmente distintas. A mí eso no me extraña porque hay una especie de nacionalismo humano que piensa que todo lo adelantado es lo humano y hasta ahí llegamos, pero no sabemos cuántas cosas más pueden haber. Hice una pequeña investigación con 100 personas tomadas al azar. Les hice tres entrevistas a cada persona preguntándoles si habían tenido alguna experiencia paranormal y si la habían contado. Primera entrevista: 85 de los 100 habían tenido la experiencia, pero de esos 85, tres la habían contado a alguien. Segunda entrevista: 10 más dijeron «sí, he tenido, pero no se lo he contado a nadie». Quedan cinco que dijeron «yo no he tenido, pero gente cercana lo ha tenido y nos ha contado a nosotros, pero a nadie más». Hay una especie de censura no escrita. Vas a aparecer como poco serio, como que a lo mejor tienes algo complicado psicológicamente, como que puedes ser dañino para los demás.
Su investigación sobre lo paranormal revela patrones culturales profundos: la experiencia de fenómenos inexplicables es mayoritaria, pero su comunicación está severamente censurada por convenciones sociales. Esta «censura de lo inexplicable» forma parte de su crítica más amplia al autoritarismo epistemológico de la modernidad.
— Y en lo personal. A los 92 años, ¿cómo ve la muerte?
— Yo no tengo una sensación de que lo único que me pasa es lo que me voy a perder. Sí, me interesa mucho la vida, pero también me interesa lo que hace posible la vida, y no sé si después de muerto voy a estar más cerca de eso. No es tan terrible esto de morirse porque puede ser que sigamos a algo bien especial. Estos muertos que vuelven no han dado una explicación. Cuentan que dicen «estamos bien», pero en qué estamos, poco dan a entender. Siguen en el misterio. Puede ser que haya otra vida y siga habiendo misterio, o que antes de esta vida tuvimos otra y con esta vida no resolvimos el tema en absoluto.
La poesía como conocimiento
Con más de 85 libros publicados, Weinstein ha desarrollado lo que denomina la «poética del asombro»: una aproximación que integra la contemplación científica con la expresión poética. Su concepto central es que el asombro constituye simultáneamente una actitud epistemológica, una herramienta terapéutica y un principio estético.
Estilísticamente, Weinstein crea un género híbrido entre el ensayo reflexivo, la fábula sin moraleja explícita, y el verso libre. Sus «fábulas familiares» y «parafábulas» escapan al didactismo tradicional, privilegiando la reflexión abierta sobre la enseñanza directa. Esta aproximación refleja su práctica médica participativa, donde el paciente es co-constructor de su proceso de sanación.
Su obra también desarrolla lo que denomina «racionalidad integradora», síntesis entre pensamiento científico y experiencia poética. Sus temas principales incluyen la reflexión ontológica sobre el misterio del ser («Creo que nadie sabe quién es. Vivimos en una isla de certezas, que llamamos realidad, rodeada de incertidumbre»), la integración de salud física y espiritual, el desarrollo comunitario a través de la poesía, y la temporalidad existencial.
— Hábleme de la poesía y la poiesis, la creación.
— Es como que hay una invitación, una sugestión, una adivinanza en el sentido de que podemos asumir el misterio, pero enfrentarlo creando nosotros. No estamos en condiciones de conocer algo más allá de nosotros, pero en nosotros está entrar en algo que no entramos automáticamente, que el sentido común no ha asumido. Hay una integración de lo ontológico, lo social, lo ecológico, lo poético, en todo sentido. Y que es más bien poético que prosaico, pero también tiene su parte de reflexión que lo apoya.
— Tal como Nicanor dijo «voy y vuelvo» en su epitafio ¿Cuál sería su frase,
— Por un lado es «todos somos uno». La otra es «lo más importante no lo sabemos». Son dos cosas: por un lado, todos somos importantes; por otro lado, lo esencial no lo sabemos.
El asombro como síntesis
En sus reflexiones finales, Weinstein regresa al concepto que ha vertebrado su obra: el asombro como emoción fundamental del ser humano, como puente entre filosofía y poesía, como antídoto contra el autoritarismo y el individualismo. Su aproximación anticipa debates contemporáneos sobre complejidad, incertidumbre, y la necesidad de nuevos paradigmas para entender la realidad.
— Creo que la situación del ser humano corresponde especialmente a una emoción que es el asombro. En el asombro se juntan la filosofía y la poesía, con la diferencia que la filosofía se queda como inerme y salta inmediatamente a especificidades, enumeraciones, contabilidades. El asombro es una cosa básica, pero en esta falta de aceptación de un equilibrio poético-prosaico, de la complejidad, del nivel existencial de la vida, resulta que el asombro último por todo es desplazado por el goce, por el poder, por la eficiencia, por el autoenamoramiento, y queda ausente este sentido general de admiración y agradecimiento por la existencia. La pregunta es: ¿llegaremos a una humanidad fraterna? ¿Llegaremos a una humanidad en real relación importante con la naturaleza, sin un cambio en cómo nosotros pasamos de creer en cosas a vivirlas? ¿Cómo hacemos la distinción entre el enamoramiento y el amor? En mi prejuicio, con este amor especial que es el amor de amistad. Una de las cosas importantes es cómo se autodirige esta relación entre lo que uno cree importante y lo que hace. Mientras más profunda sea la aceptación, la adhesión del ser humano a la vida, su fondo poético, más solo se queda la persona. Hay que reconocerlo, porque uno ve personas muy bien intencionadas, pero que les cuesta mucho ir más allá de lo que es su propio papel. Hay un componente de magia. Para mí hay una magia de fondo. T.S. Eliot plantea: ¿cuánta sabiduría perdemos con el conocimiento? Y después: ¿cuánto conocimiento perdemos con la información? Uno puede decir: ¿cuánta espiritualidad perdemos con la sabiduría? Y ¿cuánta magia perdemos con la espiritualidad? En última instancia, estamos en una magia que tiene un componente de prosa, de razón, de geometría, de información, pero el fondo es misterioso, es poético, es abierto, de aceptación amistosa de límites, pero al mismo tiempo de que dentro de esos límites hay tanto posible que observar, que agradecer, que de alguna manera deja estar en primer plano.
La cita de T.S. Eliot no es casual: Weinstein construye una escalera epistemológica que va de la información al conocimiento, de ahí a la sabiduría, luego a la espiritualidad, y finalmente a la magia. Esta progresión invertida sugiere que mientras más conocemos, más nos alejamos del asombro original que constituye nuestra relación más auténtica con la realidad.
Epílogo: la sincronicidad del recuerdo
Dos años después de esta conversación, las palabras de Luis Weinstein resuenan con particular intensidad. En un mundo que parece cada vez más fragmentado, su propuesta de la amistosofía —esa filosofía práctica de la amistad como forma de relacionarse con la existencia— ofrece una alternativa tanto poética como política para pensar los vínculos humanos.
Su casa en Bremen, Ñuñoa, es un punto de encuentro para quienes buscan integrar la dimensión poética en sus vidas profesionales y personales. El libro «Homenaje a Luis Weinstein» (2015) testimonia el reconocimiento de pares y comunidad cultural, evidenciando una valoración que trasciende el canon académico tradicional. Sus vínculos con organizaciones internacionales como la Liga Sudamericana de Médicos Escritores proyectan su influencia más allá de Chile.
A los 92 años en el momento de esta entrevista, Lucho Weinstein continuaba escribiendo, coordinando grupos, editando su revista virtual y practicando esa medicina integral que entiende la salud como un fenómeno que trasciende lo meramente biológico. La productividad sostenida de Weinstein representa un modelo de envejecimiento activo y compromiso intelectual que inspira a profesionales de múltiples generaciones.
Como él mismo dice: «Todos somos uno, pero lo más importante no lo sabemos.» En esa tensión entre certeza e incertidumbre, entre conocimiento científico y asombro poético, Luis Weinstein ha construido una de las obras intelectuales más singulares y consistentes de la cultura chilena contemporánea.
Hoy tiene 94 años. No he vuelto a hablar con él hasta la fecha. Pero apareció en mi mente este fin de semana y recordé que tenía esta entrevista pendiente. Con esto lo inmaterial de alguna forma se concreta y la sincronicidad hace su parte.