En el año 2000, mientras Chile miraba hacia el Atlántico de siempre, Gustavo Frías —sentado en su casa de Las Cruces, con pájaros comiendo migas sobre su mesa— dibujaba el mapa del siglo XXI. No con líneas en papel, sino con palabras que todavía resuenan como profecías cumplidas. «Para la sociedad industrial, Chile es un país largo y angosto», explicaba, citando a Peter Drucker. «Pero para la sociedad de la información, cuyo charco es el Pacífico, Chile es un país ancho y abierto».
Veinticinco años después, esas palabras no solo se han cumplido: se han vuelto urgentes. La teoría de las charcas que Frías desarrolló en aquella entrevista —una lectura geopolítica donde las civilizaciones han crecido siempre alrededor de cuerpos de agua cada vez más grandes— anticipó lo que hoy es evidente. El Pacífico se convirtió en el centro económico del planeta desde 1978, cuando el comercio marítimo por estas aguas superó al del Atlántico. Y Chile, con sus cuatro mil kilómetros de costa, sigue sin entender del todo lo que esto significa.
La encrucijada del país puente
Frías veía con claridad meridiana el dilema que enfrentamos. Los países puente, explicaba, tienen dos destinos posibles: ser como Singapur y Hong Kong, con culturas autóctonas tan fuertes que resisten el flujo constante de influencias, o convertirse en Panamá, «un puente de mierda, un puente que todo el mundo ensucia». Su diagnóstico era brutal pero preciso: Chile carece de una cultura propia lo suficientemente consolidada, y Latinoamérica en general sufre de «desprecio a las culturas autóctonas aborígenes».
Esa falta de identidad no es abstracta. Se manifiesta en cada alcalde que derriba el Puente de Cal y Canto para vender las piedras. En cada reforma educacional calcada del extranjero. En la constante necesidad de reinventarse, como si el pasado fuera una vergüenza más que un cimiento. «No respetamos nuestro pasado», sentenció. «Para nada».
La nuclearización cultural como respuesta
Pero Frías no era un profeta del apocalipsis. En 2000, desde Las Cruces, ya imaginaba la respuesta: la nuclearización cultural de la provincia. Su proyecto buscaba rescatar la memoria de los lugares, documentar las leyendas locales —como la del pie de la princesa que se cuenta en El Quisco y en Llolleo con distintas rocas—, y tejer una red cultural que abarcara desde Algarrobo hasta Matanzas. «Donde los lugares tienen memoria», decía.
Esa visión anticipó lo que hoy llamamos el Litoral de los Poetas. Frías entendió antes que nadie que la única manera de resistir la transculturación era a través del «localismo muy profundo». Cita a Azorín: «Describe tu pueblecito y serás universal». Mientras más local es el arte, más lo aprecian afuera. Mientras más copiamos lo foráneo, menos nos valoran, porque nunca lo hacemos tan bien como ellos.
El conocimiento como capital
Frías comprendía que estábamos entrando a una nueva era, donde el capital ya no era dinero ni trabajo, sino conocimiento. «A ti te pagan por lo que sabes», afirmaba. En esa sociedad de la información que anunciaba, las fortunas no vendrían de las fábricas sino de las ideas, del espectáculo, de la cultura. Y advirtió sobre el peligro: «Nuestros aparatos pueden ser japoneses, pero el contenido es 180% norteamericano. Esa es la gran gracia de los yanquis: ya no venden hardware, venden el contenido».
Esa intuición es más relevante que nunca en 2025. Vivimos en la era que Frías anticipó, donde las respuestas están en la nube y el mundo se volcará hacia las preguntas. Y para preguntar —para preguntar de verdad— hay que vivir, conocer, sumergirse en lo local. Viene un tiempo, tal vez, para el arte y la poiesis en general.
Las Cruces, 2025: la profecía se cumple
Hay una ironía que Frías, con su amor por los guiones perfectos, habría apreciado: el creador de «Julio comienza en julio» murió en julio de 2016, también en Las Cruces. Dieciséis años después de esa entrevista donde vio el futuro con tanta claridad. Como si el destino tuviera su propio guionista.
Hoy, el Litoral de los Poetas es exactamente lo que Frías imaginó: un proyecto de nuclearización cultural que entiende el localismo profundo como única defensa contra convertirnos en un país puente vacío. El Puerto de San Antonio, que Frías veía como símbolo de esa encrucijada —»una ciudad puente, fea, sucia, que no es de nadie»—, tiene hoy la oportunidad histórica de convertirse en algo más que un lugar de paso.
La provincia que Frías habitó y estudió —con sus seis comunas, sus humedales, sus leyendas dispersas— se encuentra ante la misma disyuntiva que él planteó para Chile. Podemos ser Singapur o Panamá. Podemos tener una cultura autóctona fuerte o ser un lugar que todos ensucian. La diferencia está en recuperar la memoria de los lugares, en tejer redes culturales, en entender que somos un país ancho y abierto hacia el Pacífico.
Frías lo vio todo desde su casa en Las Cruces, con los pájaros sobre la mesa y el mar al frente. Sus palabras eran un mapa. Ahora nos toca decidir si lo seguimos o si seguimos mirando hacia el Atlántico, hacia el pasado, hacia afuera.
El charco es el Pacífico. Siempre lo fue.
Fuente: Extracto de una entrevista realizada por el periodista Rafael Vallvé y subida a YouTube por FACTORIA MC PRODUCCIONES en 2021.